Buscadores y constructores de historias

 

 

 

Circundados
Fotografía: Daniela Labastida

Al sur de la Ciudad de México, o de mi eterno Distrito Federal, el cruce de Miguel Ángel de Quevedo con Avenida Universidad siempre ha sido un punto de referencia en mi vida como lectora. Tan sólo unos minutos contemplando esa glorieta desde alguno de sus distintos cruces y uno ya se da cuenta de la gran diversidad que alberga la ciudad. Automóviles peleando lugar en las avenidas con los camiones, combis y microbuses; una marabunta de transeúntes saliendo del metro, cruzando calles, abriéndose paso sobre las banquetas, sorteando puestos ambulantes de comida, de ropa y de periódicos; y todo esto con la glorieta de los coyotes y su histórico árbol de fondo (plantado al parecer por Romero de Terreros), bajo una lluvia de claxons y barullo, de insultos y pláticas interrumpidas.

Este cruce suele asociarse a los establecimientos comerciales en la zona: panaderías, bancos, supermercados y cadenas de restaurantes. Pero también es punto de referencia para todos aquellos buscadores de libros del sur de la ciudad: en ese cruce uno puede encontrar sucursales de cuatro de las librerías más famosas del país, además de dos librerías de viejo establecidas y varios libreros ambulantes que han decidido instalarse aquí. Y son estos últimos sobre los que quiero profundizar en este texto, libreros ambulantes, que a pesar de tener a un lado establecimientos de librerías monstruosos, deciden probar suerte y ver si algún interesado se asoma a su oferta de libros, ventanas a otra manera de ser librero y de ser lector.

Así fue que, con curiosidad y bajo la idea de que hay que entablar diálogos sobre la lectura no sólo a nivel institucional, sino también a nivel personal, me acerqué a un par de ellos, resultando de ello una conversación sobre la lectura, sobre los libros que los han marcado y de cómo es que ellos viven la literatura.

Se llaman Martín González Rodríguez y Luis Salas Benítez, ambos escritores. Desde hace tres años disponen mesa y sombrilla para sus objetos en venta, libros propios y ajenos de editoriales diversas.

¿Cuál fue su primer acercamiento a la lectura?

M: Yo empecé como a los 20 años, por la cuestión de los clásicos. Es decir, de pronto Cortázar, de pronto Onetti, uno se va enamorando en primera instancia de las historias y de pronto también uno va cayendo en cuenta que es una forma de vida, tan así que uno se dedica a construir historias. Vamos teniendo esta llave que es la imaginación y los libros son eso para nosotros, las llaves de la imaginación hacia mundos interesantes que curiosamente están rebasados por lo cotidiano.

L: Yo, tuve un acercamiento a la literatura desde la secundaria. Digamos que a través de los libros de español leía algunos autores que me gustaban y a partir de los 15 años empecé a leer. Pero yo empecé a escribir ya mucho más tarde, desde el 2004, que escribí mi primer cuento, y ya a partir de ahí no pude dejar de escribir.

Fotografía: Daniela Labastida

¿Qué libro los marcó, con qué libro es que se volvieron concientes de que eran lectores?

L: Es que fueron varios, pero entre los autores que me gustaron en ese tiempo fue Émile Zola, con Nana, y ya a partir de ahí vinieron 3 novelas cortas de Jean-Paul Sartre que fue el boom, realmente empecé con pura literatura francesa.

M: El llano en llamas, Pedro Páramo, literatura mexicana que tenía una fuerza impresionante, que no solamente era la fuerza de contar las historias sino cómo se contaban las historias, vamos, Cortázar en Rayuela, que también es uno de mis escritores preferidos. Pero bueno, al final de cuentas, las historias, los libros, van siendo parte de tu vida, y cuando ya los sientes en carne propia en el sentido de que tú los absorbes, te vas convirtiendo también en una especie de buscador de historias. Y es eso lo padre, cómo la literatura te va llevando, provocando sensaciones, emociones, construyes cosas, la literatura siempre es provocación, te perturba.

¿Hubo alguien en su vida que los haya introducido en el mundo de la lectura?

M: Pues la soledad, la cuestión de cómo el amante de los libros tiene que tener características distintas a lo común. El gustador de los libros tiene una necesidad de devorar historias, pues con esta vida tan llena de cosas que son tan chatas, uno necesita ir más allá, es decir, conocer otros mundos, y de pronto te vas dando cuenta que esos mundos te pertenecen porque te envuelven. Es como una ola que te invade, que te sacude, y a final de cuentas esa ola que te sacude, que te da vida, es un mundo en donde puedes vivir cómodamente, a pesar de sus olas, a pesar de todo este cúmulo de energía desatada, supongo…

L: Ahora sí que va a sonar presuntuoso pero pues esa era la verdad. En mi casa siempre había libros, mi papá leía mucho y uno sigue el ejemplo. A partir de ahí yo seguí buscando mis libros, yo soy autodidacta, me guiaba por algunos críticos que leía, por algunas revistas, a partir de ahí fui descubriendo más autores y así me fui formando.

¿Ustedes estarían de acuerdo con la idea de que a través de los libros que hemos leído se puede trazar un mapa de nuestras vidas?

L: Sí, es decir, cada autor refleja las obsesiones que uno tiene, o ciertos descubrimientos que de pronto uno no sabía que existían, de pronto los autores lo reflejan, dejan verlo, así como otras formas de ver las cosas, y no solamente lo real sino también otros mundos alternos que hay. Entonces sí, la literatura también va marcando ciertos mapas, ciertas rutas, ciertas visiones del mundo.

M: Son como resonancias, es decir, tus lecturas, tus influencias van resonando en esa caja que no conocemos del todo que es el inconsciente. No sólo es esta cuestión del lenguaje, sino que otros autores que vas leyendo te van implicando en su mundo, primero tiene que ser la musicalidad, el lenguaje, después las historias, cómo se cuentan. Uno va percibiendo cómo esos personajes, esas historias, tienen una parte de nosotros mismos, tienen las manías y además te vas identificando con esos mundos, vas generando este mapa a partir de las cosas oscuras, eso que es parte de lo que a mí me compromete, me involucra. Entonces, todo descubrimiento literario, ya sea de autores o una historia, te va comprometiendo, siempre uno tiene que tener una toma de partida con todos esos autores, te vuelve partícipe, no quedas inerme, eres distinto cuando lees una buena historia, cuando lees a un buen autor.

L: Pero bueno, es que también aquí hay una cuestión de lo que se llaman las afinidades, como decía Goethe, las afinidades selectivas. Cada escritor tiene sus propios autores, sus propias afinidades, y lo decía Stevenson, también Jean-Paul, que los libros son cartas, cartas que tu mandas. Y también de ahí viene esta idea de Edgar Allan Poe, del manuscrito hallado en una botella, es decir, el escritor escribe, tiene su obra, y la lanza, como se lanza una carta en una botella y llega a donde tiene que llegar.

La bañista
Fotografía: Daniela Labastida

En cuanto a la Ciudad de México, ¿ustedes la ven como una ciudad que promueva espacios para la lectura, para su fomento y difusión?

L: Yo no veo que haya muchos espacios. Lo único que se difunde, si es que se difunde, es a los autores conocidos. Pero no creo que haya demasiados espacios.

M: Están las ferias y algunos museos. Hay un desprecio por parte de las autoridades por la cultura de los libros, por la lectura, hay una doble moral donde no existe tal apoyo o difusión. Simplemente trabajan sobre escaparates publicitarios a figuras como Juan Villoro o Elena Poniatowska, traen reflectores y de repente aparece la ciudad como una promotora de la lectura cuando en realidad es un refrito.

¿Creen que actualmente las bibliotecas permanecen vigentes como puntos de encuentro?

L: Yo visito la biblioteca cada que puedo, para mí son muy importantes, mucho más que las librerías, pues a veces debido a la situación económica, uno debe y puede contar siempre con la biblioteca. Yo voy a dos que están por Xochimilco.

M: Antes sí, frecuentaba las bibliotecas y me parece que es un excelente recurso para hombres solitarios, que buscan en la literatura compañía, calidez, y sobretodo salir reconfortado, una compañía para no sentirte tan desgraciado.

Fotografía: Daniela Labastida

¿Para ustedes, qué es la lectura?

L: La lectura es una aventura, una travesía tal cual, es un descubrimiento y es también una búsqueda.

M: Pues es una gran amante, supongo… Brinda muchas cosas, esta cuestión emotiva y pasional, es un reencontrarte con preguntas, con dudas y dilemas.

Fotografía: Daniela Labastida

Se niegan a ser retratados, pues no les gusta “esa actitud de pose”; para ellos, su escritura es la imagen que dan a los demás. Hago algunas fotos de su puesto, donde ciertas personas se detienen y otras pasan de largo. Sin embargo, después de esta entrevista, en sus rostros se dibuja una sonrisa de agradecimiento por ser leídos, por ser escuchados. Si uno pasa por ahí, puede vérseles leyendo o editando manuscritos, ensimismados, mientras la mayoría de las personas, los camiones y los autos, en fin, la vida, pasa delante de ellos. Un punto de encuentro y de desencuentros, pleno de historias que se asoman y que pueden leerse entre líneas, pero a las que, si nos damos la oportunidad, podemos adentrarnos, y con ello fomentar diálogos y crear puentes entre nosotros y el espacio que nos rodea.

Fotografías y texto: Daniela Labastida

 

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